El siguiente texto lo escribí un día que me di cuenta de que había reencontrado al amor.
"Dicen que el otoño es frío. Yo mismo lo sentía así hasta el bendito otoño que transcurrió el bendito año anterior.
La tarde, todavía de otoño, estaba fría y soplaba un viento delgado que en sus notas cantaba la canción no aprendida del amor que se pierde entre los árboles y se esconde debajo de las hojas caídas esperando ser rescatado por los hombres. El color ocre de los destellos que reflejaban las hojas muertas de los árboles que entraban en su acostumbrado letargo contagiaron las tardes del bendito mes de noviembre de un ámbito perfecto para comenzar, de nuevo, a alimentar las ilusiones de encontrar en el otro a la media naranja tan anhelada.
El olor de la muerte a medias de la naturaleza inspira siempre en uno la necesidad de preparar, como ella, el terreno para dar vida de nuevo a todo lo que a uno le hace sentir que está vivo, eso que le da cuerda al mundo.
El único ingrediente que no faltaba, porque estuvo presente desde antes del comienzo, era la disposición de sembrar la tierra y trabajar en ella para hacer crecer la plantita que algún día tocará la puerta de un país lejano llamado Nunca Jamás y morirá en la vida de la muerte eterna en la tierra del Rey Calabaza, para así perdurar hasta la eternidad, hasta llegar de nuevo a la nada y volver a crecer para repetirse el ciclo infinitamente..."