Coordinar una investigación como la de la famosísima Casa
Blanca fue un acto valiente en los tiempos del “nuevo PRI” cuyo reconocimiento del
público es lo mínimo que merece, pero los datos revelados la noche del domingo pisan
la raya de la ridiculez.
Con el anuncio tempranero de que a través de sus redes sociales los mexicanos conoceríamos de la boca de Carmen Aristegui un dato casi que escalofriante acerca del presidente, se encendieron las alertas en Twitter y en muchos medios de renombre.
Con el anuncio tempranero de que a través de sus redes sociales los mexicanos conoceríamos de la boca de Carmen Aristegui un dato casi que escalofriante acerca del presidente, se encendieron las alertas en Twitter y en muchos medios de renombre.
Las apuestas, las suposiciones, las ataduras de cabos y
rabos no se hicieron esperar. La gente esperaba algo más fuerte, más
contundente, algo que de verdad hiciera temblar a la Presidencia o, por lo
menos, a la oficina de su vocero.
En un video de poco más de cinco minutos de duración, el
equipo de investigadores desperdició el tiempo de la gente ambientando un
reportaje con la música que les gusta en aquella redacción, esa que bien podría
servir de fondo a cualquier película catastrofista hollywoodense, que nos
conduce a la escena en la que el protagonista está a punto de ser devorado por
una avalancha provocada por su propia terquedad o estupidez. Pero no fue así.
El “sesudo” análisis de los periodistas bien se pudo haber
resumido en una lámina bien trabajada en power point que dijera:
“A Peña Nieto no le enseñaron a utilizar comillas en la primaria”
“A Peña Nieto no le enseñaron a utilizar comillas en la primaria”
¿Qué pretendía Carmen Aristegui? ¿Quería tambalear a un
aparto que ni los #YoSoy132, ni los muertos de Tlatlaya, ni los desaparecidos
de Ayotzinapa, ni los muertos de Nochixtlán, ni las protestas de la CNTE, ni la
casa de Malinalco de sus colaboradores, ni el departamento de Miami, ni los
gritos de “asesino” que lo persiguen hasta el último rincón del mundo, ni, ni,
ni… Ni nada ni nadie lo ha conseguido? ¿De verdad creía que revelando que su
tesis es un plagio la sociedad volcaría de nuevo todo su apoyo para con ella
como la primera o la segunda vez que la sacaron del aire en MVS?
Estoy seguro que hasta el más novato de los periodistas, o
el menos avispado de sus radioescuchas o lectores podría haber previsto que esa
estrategia sería un fracaso.
¿De verdad quería Aristegui demostrarle al pueblo mexicano
que el señor que trata de despachar en Los Pinos es un ignorante? La noticia para
Carmen es que él no necesita la ayuda de nadie para ello. Solito se empeña un
día sí y otro también en gritar con orgullo que su ignorancia es tanta y tan
basta, que le sobran los ejemplos y los ridículos como para que nadie venga a
decirle: eres un pendejo.
Si lo que pretendía la periodista era unir las voces (todas)
en las redes en contra de EPN, no sólo no lo consiguió, sino que las dividió.
Leo con un poco de escozor las publicaciones de personas que
en otros tiempos respeté gritando al mundo: “¡HEY! ¡AQUÍ HAY UN PLAGIADOR!”, “¡EPN
ES UN RATERO!”, “¡EL PRESIDENTE ES UN IGNORANTE!”, “¡ARISTEGUI ES LA ÚNICA
VERDADERA PERIODISTA DE ESTE PAÍS!”.
¿Es en serio? ¿Ahora resulta que esos a los que yo mismo les
hice sus tareas o les pasé las respuestas en los exámenes ahora se vienen a dar
golpes de pecho? ¿O será que ya les salió el investigador que llevan dentro y
ahora sí se van a titular?
¿De verdad esos profesores que se espantan por el “plagio
presidencial” no han leído jamás el acervo de las tesis y tesinas de sus
escuelas? ¿Jamás se han dado cuenta de cuántos han obtenido sus títulos
realizando copias calca de los trabajos de otros? ¿Me van a decir que no le
pueden poner nombre y apellido a los asesores que les dictan la misma tesis a
todos sus asesorados para ahorrarse la fatiga de revisar y leer un trabajo
nuevo?
El problema del plagio es de suma importancia. De eso no
cabe la menor duda ni lo pongo a discusión. Pero ese es un tema que se dirime
en los tribunales, no en un medio de comunicación.
Para mí las preguntas fundamentales en este caso concreto son:
¿A quién le provocó un daño Peña Nieto cuando transcribió los párrafos de esos
libros en sus tesis? ¿Es un daño irreparable o incalculable a la nación, o a
los bienes públicos, o a la administración pública que haya robado el texto de
alguien más para titularse? ¿No creen (aunque sea muy en el fondo) que el recurso
de Aristegui se parece más a un intento casi suicida por no perder el respeto
que por décadas construyó, que a un trabajo serio y de verdadera trascendencia
a nivel periodístico?
No estoy justificando, ni aplaudiendo, ni minimizando en
absoluto el plagio cometido por Peña Nieto. Sólo digo que el nivel del debate que
ese reportaje provocó en eso que denominan muchos “la opinión pública” es, como
en más de una ocasión, pobre y de bajísimo nivel.
No sé qué pretendía bien a bien Aristegui con la publicación
de ese texto, lo que queda claro es que ni por asomo tiene ningún dato que
revele las tramas de corrupción, de conflicto de intereses, de compadrazgos, de
tráfico de influencias que se tejen en la política mexicana.
En esta ocasión Aristegui se sumó de manera voluntaria al
llamado “tren del mame” con un trabajo que sólo evidenció una práctica
cotidiana en la vida académica de este país. Aunque a muchos les duela
reconocerlo, esa es la verdad. No hay más.
Me parece que lo único que consiguió fue sacar dos palas más
de tierra de una fosa en la que, sin duda, no debería estar. La estrategia le
salió mal. No tengo dotes de vidente ni pitonisa, pero cualquiera podría
vislumbrar que en el futuro legal de Aristegui las cosas van a empeorar.
Acuérdense de la máxima:
A los amigos, justicia
y gracias. A los demás, la ley a secas

