martes, 17 de mayo de 2016

El día que EPN decidió jotear



No sólo son los golpes, los gritos, los insultos, las palabras que hieren. La violencia también proviene de las instituciones que nos niegan el derecho de ser lo que somos, de expresarnos libremente como cualquier persona heterosexual lo hace, sin tener que pedirle nada a nadie.


Esa violencia, la institucional, es la que hoy de un plumazo atacó Enrique Peña Nieto.


No quiero caer en la auto victimización, pero tampoco puedo dejar de visibilizar la violencia que de manera cotidiana sufren las personas diverso-sexuales.


Desde mi perspectiva como ciudadano, como homosexual y como remedo mal logrado de periodista, hoy debo aplaudir la iniciativa que envío el presidente al Congreso para reformar la Constitución y así garantizar el matrimonio igualitario a nivel nacional.


Uno debe aprender a mantenerse más o menos a la mitad de ese escabroso camino que separa a la sociedad de las instituciones oficiales. Debemos, sí, señalar sin miedo y sin pudor las injusticias; pero también es nuestra obligación aplaudir las acciones que redundan en el beneficio colectivo. Hoy es un día de esos.


¿Por qué festejar lo que (¿la mayoría?)  de la sociedad condena? Porque si bien es cierto que reconocer el derecho humano al matrimonio no es el fin último que se persigue desde las trincheras de las poblaciones lésbico-gay-bisexual-transgénero-transexual-travesti-intersexual (LGBTTTI), debemos reconocer que eso ha permitido que muchas parejas puedan vivir hoy un poco más tranquilas.


Reformar el Código Civil Federal no implica solamente permitir que las personas podamos decidir libremente a nuestros compañeros y compañeras de vida. Es muchísimo más que eso.


Ya no habrá que promover amparos (con todo el engorroso proceso que conlleva) para acceder a un derecho que sin ninguna razón de ser, hoy es exclusivo de una parte de la población en la mayoría de las entidades que forman la federación. ¿Es justo recibir el mismo trato que cualquier inculpado de cualquier delito sólo por querer oficializar la vida que de todas formas ya llevamos? No será necesario justificar por mandato judicial el vínculo que une a dos personas que quieren acceder a la seguridad social.  No tenemos que pedirle permiso a nadie, pues, de ser lo que se nos da la gana ser.


Me queda claro que la discriminación no es un fenómeno social que se elimine por decreto, pero los que hemos tenido la fortuna de convivir con personas de las poblaciones LGBTTTI de generaciones distintas a la nuestra podemos comprobar como, uno a uno, los logros que se han ido cosechando a través del tiempo han servido para ir, de a poco, construyendo un mundo mejor para nosotros.


Sí, mañana la estigmatización continuará, los crímenes de odio por homofobia no van a parar, los apodos que tú y tú, heterosexuales, amablemente nos han puesto (y que no necesito enumerar) no van a desaparecer. Me queda claro que mientras el Estado no hubiera actuado, el camino seguiría estando atascado de rocas, ya no digamos de piedritas


Pero, sobre todo, estoy absolutamente convencido que cuando creemos que hemos avanzado lo suficiente, nos damos cuenta de que tenemos al enemigo viviendo en casa.


Ahí es donde está el trabajo diario. En convertir el espacio que habitamos los LGBTTTI en un sitio menos hostil.


¡Bravo por la reforma planteada por Enrique Peña Nieto! Porque, sea cual sea la razón que lo motivó, me hizo recordar una frase que leí por ahí: “Cuando piensa uno en tirar la toalla vienen historias como ésta para recordarte que no puedes, no tienes derecho a hacerlo”.

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