No sólo son
los golpes, los gritos, los insultos, las palabras que hieren. La violencia
también proviene de las instituciones que nos niegan el derecho de ser lo que
somos, de expresarnos libremente como cualquier persona heterosexual lo hace,
sin tener que pedirle nada a nadie.
No quiero
caer en la auto victimización, pero tampoco puedo dejar de visibilizar la
violencia que de manera cotidiana sufren las personas diverso-sexuales.
Desde mi
perspectiva como ciudadano, como homosexual y como remedo mal logrado de
periodista, hoy debo aplaudir la iniciativa que envío el presidente al Congreso
para reformar la Constitución y así garantizar el matrimonio igualitario a nivel
nacional.
Uno debe
aprender a mantenerse más o menos a la mitad de ese escabroso camino que separa
a la sociedad de las instituciones oficiales. Debemos, sí, señalar sin miedo y
sin pudor las injusticias; pero también es nuestra obligación aplaudir las acciones
que redundan en el beneficio colectivo. Hoy es un día de esos.
¿Por qué
festejar lo que (¿la mayoría?) de la
sociedad condena? Porque si bien es cierto que reconocer el derecho humano al
matrimonio no es el fin último que se persigue desde las trincheras de las
poblaciones lésbico-gay-bisexual-transgénero-transexual-travesti-intersexual
(LGBTTTI), debemos reconocer que eso ha permitido que muchas parejas puedan
vivir hoy un poco más tranquilas.
Reformar el
Código Civil Federal no implica solamente permitir que las personas podamos
decidir libremente a nuestros compañeros y compañeras de vida. Es muchísimo más
que eso.
Ya no habrá
que promover amparos (con todo el engorroso proceso que conlleva) para acceder
a un derecho que sin ninguna razón de ser, hoy es exclusivo de una parte de la
población en la mayoría de las entidades que forman la federación. ¿Es justo
recibir el mismo trato que cualquier inculpado de cualquier delito sólo por
querer oficializar la vida que de todas formas ya llevamos? No será necesario
justificar por mandato judicial el vínculo que une a dos personas que quieren
acceder a la seguridad social. No
tenemos que pedirle permiso a nadie, pues, de ser lo que se nos da la gana ser.
Me queda
claro que la discriminación no es un fenómeno social que se elimine por
decreto, pero los que hemos tenido la fortuna de convivir con personas de las
poblaciones LGBTTTI de generaciones distintas a la nuestra podemos comprobar
como, uno a uno, los logros que se han ido cosechando a través del tiempo han
servido para ir, de a poco, construyendo un mundo mejor para nosotros.
Sí, mañana
la estigmatización continuará, los crímenes de odio por homofobia no van a
parar, los apodos que tú y tú, heterosexuales, amablemente nos han puesto (y
que no necesito enumerar) no van a desaparecer. Me queda claro que mientras el
Estado no hubiera actuado, el camino seguiría estando atascado de rocas, ya no
digamos de piedritas
Pero, sobre
todo, estoy absolutamente convencido que cuando creemos que hemos avanzado lo suficiente,
nos damos cuenta de que tenemos al enemigo viviendo
en casa.
Ahí es
donde está el trabajo diario. En convertir el espacio que habitamos los LGBTTTI
en un sitio menos hostil.
¡Bravo por
la reforma planteada por Enrique Peña Nieto! Porque, sea cual sea la razón que
lo motivó, me hizo recordar una frase que leí por ahí: “Cuando piensa
uno en tirar la toalla vienen historias como ésta para recordarte que no
puedes, no tienes derecho a hacerlo”.

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