Hace tantísimo tiempo que no escribía nada aquí... Esto me salió del alma ayer... Sí, otra vez para limpiarla y purificarla... A ver qué pasa...
Ranos, tiempo y mariposas
-Tal vez sean
nuestros miedos los que provocaron que esto se sobredimensionara… -, dijo
Jesús, aunque Antonio no respondía.
Apenas habían
pasado unos cuantos días cuando Antonio dijo, -No puedes utilizar términos que
no corresponden al tiempo que ha transcurrido.
Y es que
“siempre” es una palabra que se ha sobrevalorado. Siempre hemos creído que
“siempre” sólo actúa en función de los años, los lustros, las décadas, o
siempre; como si “siempre” tuviera una especie de función meta-siempre. Y es
que sí, “siempre” es siempre.
¿Conoces las
mariposas blancas? Esas pequeñitas que no se detienen en ningún sitio durante
el día. ¿Ya sabes cuáles? Las que están volando todo el tiempo como si el
tiempo quisiera alcanzarlas. Andan posándose, por instantes, en todos lados
para conocer por medio del tacto todo lo que las rodea; cuentan con tan poco
tiempo de vida que no les alcanza para más.
Las mariposas
blancas sólo viven unos días así que, para ellas, un par de horas, unos cuantos
minutos, eso es “siempre”.
-¿No te parece
que en tan poco tiempo sólo debería haber cosas buenas?-, replicó Antonio.
El tiempo,
siempre el tiempo.
Al principio
de él, Jesús y Antonio tenían muy claro que eso que deseaban construir juntos
(desde tiempo atrás) no era, ni por mucho, parecido a absolutamente nada que
antes hubieran emprendido.
No existió al
principio ni un dejo de sospecha que hiciera pensar al uno o al otro que esto
sería igual a lo de siempre. Y es que no, no se parece en absoluto a lo que
hubo antes de ellos. Los dos convencidos están. Pero si en algo se pudo
confundir, fueron quizá los miedos de ambos los que enmascararon esas
circunstancias para hacerles creer lo contrario. Sabido es por todos que los
miedos son los peores aliados y los mejores enemigos.
El hecho de
que ellos tuvieran clara esta premisa, a los ojos de cualquiera que lo lea
“desde afuera”, podría indicarle que esta construcción no es “como debiera
ser”. Jamás lo ha sido.
Quizá Antonio
podría reflexionar en ello. Quizá Jesús tendría que entender que es el miedo de
Antonio y el suyo propio el que ha hecho que uno cierre la puerta y el otro
levante su escudo.
Eso no los
convierte a ninguno de los dos en malas personas. Eso no quiere decir que
exista un patrón que ambos estén repitiendo y que otra vez los haya conducido a
la equivocación.
Antonio está
desconcertado y tiene toda la razón. Él sabe (porque lo siente) que Jesús es el
hombre con quien quiere compartir el resto de su vida; pero Jesús cometió un
error que podría no ser sobredimensionado, aunque, como se ha venido diciendo,
tal vez son los miedos de ambos los que hablaron antes.
Antonio está
desconcertado y tiene toda la razón. Su desconcierto es porque sabe que nadie
lo había hecho sonreír como Jesús lo ha hecho, porque sabe que nadie como Jesús
lo había hecho sentir lo que siente, porque cuando lo vio supo que Jesús es el
hombre para concretar lo que siempre ha soñado; pero Jesús ocultó un asunto sin
importancia que se convirtió en la gota que derramó el vaso de la desconfianza
de Antonio. Pero eso no los convierte en malas personas a ninguno de los dos.
Antonio está
desconcertado y tiene toda la razón. Su desconcierto lo llevó a levantar su
escudo y a no querer mirar por encima de él para saber las razones de Jesús.
Tal vez sea su miedo de que Jesús sea “lo mismo de siempre” lo que no le deja
bajar un poco el escudo, como lo hizo antes, para darse cuenta que Jesús
tampoco es una mala persona ni es “lo mismo de siempre”.
Y es que Jesús
también está desconcertado y tiene toda la razón. Porque creyó que su necesidad
de sentirse amado y deseado no se confundiría jamás con una comparación de las
de peor gusto. Porque, además, esa comparación jamás sucedió. Fue su miedo tan
arraigado de no sentirse capaz de provocarlo lo que habló en aquel momento.
Quizá fue el miedo de Antonio de ser comparado como lo fue antes (no lo sabemos
ni lo podemos asegurar) lo que habló en aquel momento.
Y es que Jesús
también está desconcertado y tiene toda la razón. Porque la presión de sentirse
poco útil para su familia lo bloqueó y no le explicó a Antonio esa situación.
Pero no lo hizo con una mala intención o con premeditación. Tantas cosas daban
tantas vueltas en su cabeza en ese momento que su mente se bloqueó. Quizá el
miedo de Antonio de ser otra vez el mentor, fue lo que habló por él en ese
momento.
Y es que Jesús
también está desconcertado y tiene toda la razón. Porque desde que lo vio, supo
que Antonio es el hombre que lo inspira a crecer juntos, al mismo tiempo, en el
mismo nivel los dos, sin ser el mentor del otro pero sí el apoyo necesario que
los convierta a uno y a otro en motivación.
Jesús sabe qué
cosas hizo mal, pero nunca con una mala intención. Sabe que Antonio se siente
traicionado en la confianza y la honestidad. Sabe que cada cosa buena dicha por
ambos es real y sincera; y, desde el principio, ambos saben que esta
construcción no “debiera” ser de ésta o la otra manera, sino que simplemente
“es”.
Jesús está
desconcertado y tiene toda la razón; lo está porque Antonio está desconcertado
y también tiene toda la razón; pero eso no los convierte en malas personas o en
las personas equivocadas a ninguno de los dos; ambos lo saben, ambos sienten en
su corazón que son lo que por tantos años esperaron, saben que son lo que les
hace falta porque se lo dijeron y se lo demostraron sinceramente, lo saben
aunque alguno de los dos (o los dos) hayan tratado de demostrarse a sí mismos
que estaban equivocados.
Quizá el único
error grave que han cometido es haber querido vivir la misma vida de las mariposas
blancas. Tanteando los terrenos sin detenerse a observarlos detenidamente.
Quizá el error
haya sido vivir todo tan rápido. Quizá el error de vivirlo tan rápido hizo que
tan rápido llegara un desconcierto para ambos de esta magnitud.
-Tal vez sean nuestros
miedos los que provocaron que esto se sobredimensionara…-, dice Jesús esperando
y deseando con todo su corazón y su alma a que Antonio responda.
-Tal vez
nuestro único error fue confiar tanto en nuestras semejanzas que no quisimos
ver las diferencias o tratamos de minimizarlas. Tal vez nuestro error fue no
enfrentarlas con la cabeza fría sino al calor de nuestros miedos. La solución
es no tirar la toalla ninguno de los dos, porque ambos sabemos que vale la pena
que luchemos por esto; porque ambos sabemos que vale toda la pena del mundo que
no dejemos ir al otro; porque sabemos que sólo han sido nuestros miedos los que
nos han dominado; porque los dos creemos en el otro y queremos que sea quien
esté a lado nuestro-. Añadió Jesús con la confianza ciega de que Antonio
entenderá que ninguno de los dos está equivocado y que ninguno de los dos hizo
nada mal sino que, en todo caso, los dos se equivocaron en una sola cosa que
Antonio ya dijo antes: quisieron correr antes de empezar a gatear. Y quizá la
solución es la que planteó Jesús: comenzar a gatear juntos para luego echarse a
caminar.
Nuestros
protagonistas hoy viven en la distancia que ambos decidieron marcar. Ojalá que
se den uno y otro la oportunidad de demostrarse a sí mismos que el corazón es
el único órgano que no sabe equivocarse, que supo, cuando vio al corazón del
otro, que es ése corazón el único al que quiere amar en adelante. Con besitos y
caricias, con discusiones y peleas, con desconciertos y rencuentros, con
ilusiones y esperanzas, con el hecho de saber que su construcción no se parece
a nada anterior ni a lo que “debiera” ser, con todo ello y mucho más; porque
ambos corazones saben desde siempre que eso también forma parte del: “… y
vivieron felices para siempre”.