lunes, 27 de abril de 2009

Un día como cualquiera otro

Las diez menos quince de la noche en las afueras del metro Hidalgo. Manuel Orduño Hernández espera el mismo transporte de siempre, en el mismo lugar de diario, a la misma hora de costumbre. Pero su suerte hoy tomó un giro que no esperaba cuando la ruta la tenía ya tan vista. Hoy no viajará en el autobús, el destino lo obligará a caminar.

Entre el estrépito de los pregoneros de la música mal habida que no descansan ni a esas horas ofreciéndola por diez pesos, los chillidos de la anciana que regala miniaturas de pan de a peso, el pito que le canta a la cucaracha que no puede caminar y anuncia la partida del último transporte de la noche al inframundo, aparece entre las sombras y el smog el ensombrerado que, así, de pronto, espantó a Manuel.

“Dame una moneda carnal, pero que esté chida”, fue lo que Manuel alcanzó a entender entre aquel bullicio acallado medianamente por la música en sus oídos; “Sólo tengo para…”, y la frase fue cortada porque aquel le arrebató los únicos cuatro pesos con cincuenta centavos que tenía esa noche.

Manuel no es el único ciudadano que ha sufrido un asalto en esta capital. Según cifras de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF), durante el primer trimestre de este año, se han denunciado ante el Ministerio Público 46672 delitos del fuero común, de los cuales, el 52.6%, es decir, 24548, corresponden al robo en sus distintas modalidades.

Las cifras presentadas constituyen un aumento de más del 11% con respecto al mismo trimestre del año anterior que alcanzó las 21969 denuncias por el mismo delito.

“¡Y se ve que traes un celular chido nene!”, y el sudor en la frente de Manuel enfrentó al asaltante con el miedo que le provocaba a su víctima. Lo gozaba. Los ojos del desconocido brillaron en un instante como los del niño que descubre sus juguetes nuevos bajo su zapato derecho el 6 de enero.

A lo lejos, un par de luces. Un azul deslumbrante y un rojo incandescente. El destello cambió el semblante del maleante en el instante que las vio reflejarse en la lámina hamburguesera que advertía la escena junto con sus comensales, y que no reparaban, ni la una ni los otros, en que, mientras una despachaba y los otros comían, Manuel era despojado de lo único con lo que contaba para volver a casa esa noche.

La voz de una sirena no siempre cautiva. En esta ocasión más bien atemorizaba. El llanto lastimero que anunciaba su paso justo frente a aquel lugar inundó de ese mismo desasosiego al desconocido que segundos antes disfrutaba de verlo en su víctima, pero que ahora le parecía rebasarlo a él mismo. Solo atinó la forma de arrancar la cadena que colgaba del cuello de una mujer que esperaba junto a Manuel y emprendió la huída.

La patrulla previamente anunciada siguió su camino a toda velocidad por la Avenida Hidalgo sin detener su paso aún si alguien se lo hubiera impedido. Manuel, en medio del temor y la confusión comenzó a caminar por esa misma avenida cuando advirtió que los policías detuvieron su paso a un costado de la Alameda Central, con la intención de pedir ayuda para denunciar lo sucedido.

Llegó al lugar. Una mujer ensangrentada por las dos incisiones provocadas por otro delincuente
al intentarla robar también y en medio de la oscuridad le hicieron ver a Manuel que su caso era menor comparado con lo que sus ojos veían así que, con pasos apresurados y terror en su andar, comenzó a caminar hacia el eje central Lázaro Cárdenas.

Sólo el mes anterior se denunciaron 8480 robos en el DF. La Delegación Cuauhtémoc ocupa un deshonroso segundo lugar en el índice delictivo de la capital con 2484 delitos denunciados, solo después de Iztapalapa con 2522 casos en ese mismo periodo.

Son las diez con trece. Manuel camina a espaldas del Palacio de Bellas Artes cuando un indigente de ropas desgarradas y con olor a podredumbre social se le acerca para pedirle un peso. Él lo evita sin cruzar ni sus miradas y ni una sola palabra. Diez con diecisiete. Tacuba se cruza con el otrora San Juan de Letrán y Manuel con un grupo de gente a la que solicitará ayuda para llegar a su casa. La vergüenza no lo dejaría.

Un autobús de la ruta 1, que generalmente se detiene tres luces rojas del semáforo en esa esquina para llenarse hasta el hastío, sigue su camino lentamente mientras, los que lo esperaban, miran a través de las ventanas a tres sujetos armados insultando a gritos a los pasajeros al tiempo que los despojan de sus pertenencias. Uno más que se suma a los 606 robos en transporte público de enero a marzo.

24 al 28 de agosto, las fechas en las que el jefe delegacional en Cuauhtémoc espera recibir a miles intercambiando voluntariamente sus armas de fuego por una suma que va de los 200 a los 7500 pesos. La cita es en el kiosco de la Alameda Central. Un insulto a la esperanza de vivir seguros, un paliativo a medias para un problema que rebasa.

Diez y veinticinco. Manuel camina a prisa frente a la algarabía de algunos rubios que cantan El Rey con algunos tequilas encima y de varios amarillos que se divierten escuchando los instrumentos brillantes pero desafinados de un mariachi mal vestido y mal entonado.

Un chico de unos dieciséis años que viste con una camisa blanca cinco tallas excedidas de la suya y un pantalón de color caqui igual de grande, amenaza a otro con una pistola. La causa, un amor sin cuajar que interrumpió el apuntado antes de que se consumara entre mi nena y el verdugo. Manuel lo mira de reojo cuando ellos caminan internándose en la oscuridad de las calles del centro histórico.

Diez pasos más. Una explosión. Gritos. Gente corriendo y Manuel huyendo a toda prisa en dirección contraria a las personas que se apresuran para tener acceso a la primera fila en el espectáculo de la muerte sangrante, de la justicia por propia mano. 356 homicidios en solo tres meses. La seguridad pública, no sabemos a qué hora llegó.

Manuel se desdibuja entre las sombras y el smog que todo cubrieron esta noche mientras corre despavorido en busca de un lugar seguro que sabe inexistente. La más violenta de su vida. La misma de todos los días en esta capital.

Un asalto de a cuatro cincuenta, otro que casi cuesta una vida, uno más, incuantificable por él, un homicidio vedado de anacrónico romanticismo. La vida real. La de diario y de costumbre. La misma ruta a pie que deja ver cada tornillo suelto, cada manzana descompuesta que asoma los parásitos que incuba cómodamente sin resistencia alguna.

Once cuarenta y cinco. Manuel cruza por fin la puerta de su casa con la mente perturbada después de tanto caminar, correr y jadear. La venda con la que quiso cubrir sus ojos tanto tiempo hoy un ensombrerado la cortó. Aquí está seguro. Pero afuera… ¿afuera qué?