martes, 23 de junio de 2009

La magia del mundo real

“Tal vez las colinas Preseli fueron una montaña sagrada y había algo en las rocas que, cuando las trajeron de las planicies del Salsbury, les permitió regresar a la magia de su propio mundo”
Mike Pitts, editor de "British Archaeology"

Ya es 21 de julio. El frío húmedo del ambiente nos cala en los huesos. La neblina opaca nuestra visión pero sabemos que nuestros ojos verán lo que pocos en el mundo han disfrutado, la aparición del sol por entre la hendidura de la piedra talón al amanecer. Pero eso no es lo que nos tiene aquí. Dicen que la noticia cimbrará nuestras almas.

Somos muy afortunados de estar aquí ya que sólo los sacerdotes druidas pueden ser parte del rito, pero nosotros simplemente seremos espectadores y testigos de lo que el más grande tiene que decir. El astro está cada vez más cerca. Los gigantes de piedra esperan inamovibles como lo hacen desde hace más de tres mil años.

Estos monstruos megalíticos que viajaron desde Preseli hasta Salsbury, para darle luego el nombre de Stonehenge, aguardan pacientes al maestro. Son capaces de detener el tiempo para permitir a los mortales entrar en el mundo mágico de los ancestros. Entrada y salida del sol del verano y del invierno son también.

El silencio de la madrugada ensordece, la vastedad de la nada que nos rodea nos asfixia. Ya empiezan a llegar. El sigilo de sus pasos hace parecer que flotan sobre el césped. Vienen en dos líneas uniformados con sus túnicas ceremoniales en color blanco. Sus rostros muestran la misma zozobra que los nuestros. ¿Qué nos va a decir?

El grupo de sacerdotes atraviesa el primer círculo perfecto que forman las rocas más grandes de Stonehenge. Con siete metros de altura y más de 40 toneladas, están aquí para recordarnos que hay alguien superior a nosotros. Cruzan el segundo círculo de azulitas traídas de Preseli y se toman de las manos rodeando la herradura del centro.

Esta vez la ceremonia no estará iluminada sólo con las velas de cera virgen de abeja, así que se apresuran a encender una gran hoguera al centro para recibir al maestro. Ya casi es la hora. En el horizonte ya se asoma el alba al mismo tiempo que aparece el más grande de todos los tiempos en esta escena, pero, ¿por qué aquí?

No importa que hoy sepamos que la antigüedad de este lugar es mayor aún que las pirámides de Egipto. La energía de Stonehenge es la que él necesita para poder adentrarse en su futuro, que es nuestro presente, y revelarnos lo que nos depara el destino. Ya está entrando al círculo y todos nos sentimos envueltos por su presencia.

Sabemos bien que estaba destinado al mal, pero él eligió el camino contrario. Su infinita bondad nos llena el espíritu con sólo mirarlo, su andar tranquilo y su rostro sereno nos invita a un momento de paz inquietante. De pronto, se cruzan nuestras miradas cuando agradece con una sonrisa a todos los que estamos acompañándolo en este día que él sabe tan importante, y es que así es Merlín.

El más grande mago de toda la historia organiza a los druidas para comenzar el rito. Los cánticos y plegarias para consagrarse a los puntos cardinales tal como la tradición celta lo indica no se hacen esperar. Merlín los guía en la ceremonia como el mentor que dedica su vida al pupilo.

Primero invoca al Oeste, a Fios, que desde la ciudad de Gorias guarda celoso la ciencia y el conocimiento; luego al Norte, a Cath, que desde Findias los ayuda a salir bien librados en las batallas; ahora al Este, a Bláth, le solicita la prosperidad que sólo en Murias se puede hallar; por último al Sur, a Séis, a quien se relaciona con la música y la canción.

El sol ya está apareciendo en el horizonte y sus primeros rayos penetran la rendija de la piedra talón en Stonehenge. Merlín está listo para leer en el fuego la noticia que hoy nos tiene aquí. Su rostro lleno de bondad de pronto palidece y su expresión no nos deja mucho qué pensar. La maldad del hombre nos va a alcanzar.

El mundo será un césped. Y en el césped tres muchachas jugarán. Pero bajo la Tierra yo veo el fuego. Y cuando una de las tres muchachas lanza la piedra, todas las tres muchachas serán alcanzadas. En el césped habrá fuego y en cada fuego se escribirá un nombre. Pero el nombre fue escrito para olvidarse.

El silencio, de por sí estruendoso, ahora nos enmudece más. Merlín nos hablaba de una guerra inevitable. Los rostros desencajados de los druidas eran los mismos que nosotros teníamos al escuchar la profecía. Un murmullo de desánimo intentó romper el silencio sólo disimulado por el crujir de las llamas de la hoguera. Pero algo más vio.

El dragón aparecerá entre los mortales. Parecerán victoriosos, llenos de honra. Pero será bueno que los hombres mantengan la mirada fija sobre la Toscaza, porque será de ese lado que aparecerá el dragón.

Allí serán sacrificadas las vírgenes. El litoral de Cartago será tragado por el mar y se desfigurarán otras tierras. Es el tiempo del dragón de Babilonia.
Cuando el dragón de Babilonia llegue al fin, muchas señales saltarán de la tierra africana. Las ciudades de los seguidores del dragón serán destruidas.Próximo el fin del mundo, cuando el sol y la luna cambiarán, los grifos vendrán a comer trigo. Los países estarán llenos de lágrimas. El sol se demorará en el Este y la luna en el Occidente; y ellos no seguirán más su curso.

En ese momento en que los hombres y mujeres tendrán los niños más raramente, las personas perderán la fe y el mundo será sumamente malvado.


Pareciera que Merlín no nos daba muchas esperanzas. Las rocas de Stonehenge, después de cuatro milenios de permanecer estáticas, temblaron de terror junto con nuestros cuerpos al escuchar las premoniciones del maestro, y es que él jamás se equivoca.

De pronto el guía nos regresa a nuestro tiempo. Abrimos los ojos y el frío de la mañana de este 21 de julio, de este solsticio de verano, sigue calándonos en los huesos. Pero más adentro, en el espíritu y en la mente, nos pesan las palabras de Merlín.

Corea del Norte, cuál si fuera una de las tres muchachas, amenaza a Estados Unidos con lanzar un misil nuclear si el gobierno norteamericano no para su intento de desarme nuclear del país oriental, pero no se da cuenta que con su piedra también será alcanzada. Las ciudades seguidoras del dragón serán destruidas y en el césped habrá fuego.

Los países estarán llenos de lágrimas si una tercera guerra mundial acontece tal como nos lo contó esta mañana Merlín. Las personas perderán la fe y el mundo será sumamente malvado.

Aquí las rocas traídas de las planicies del Salsbury nos permiten regresar a la magia de nuestro planeta, a esa magia cruel que nos acecha a cada instante. El círculo que nos enmarca nos deja sentir que estamos parados en el centro de la Tierra. Como si Stonehenge representara y encerrara toda la magia de nuestro mundo.

La visita terminó. Nosotros nos vamos, pero Stonehenge queda ahí y quizá, así como al principio fue testigo desde antes de que se empezara a escribir la historia del hombre, sea también espectador de cómo tal vez las palabras del más grande hechicero galés se cumplen terminando con ella.

lunes, 27 de abril de 2009

Un día como cualquiera otro

Las diez menos quince de la noche en las afueras del metro Hidalgo. Manuel Orduño Hernández espera el mismo transporte de siempre, en el mismo lugar de diario, a la misma hora de costumbre. Pero su suerte hoy tomó un giro que no esperaba cuando la ruta la tenía ya tan vista. Hoy no viajará en el autobús, el destino lo obligará a caminar.

Entre el estrépito de los pregoneros de la música mal habida que no descansan ni a esas horas ofreciéndola por diez pesos, los chillidos de la anciana que regala miniaturas de pan de a peso, el pito que le canta a la cucaracha que no puede caminar y anuncia la partida del último transporte de la noche al inframundo, aparece entre las sombras y el smog el ensombrerado que, así, de pronto, espantó a Manuel.

“Dame una moneda carnal, pero que esté chida”, fue lo que Manuel alcanzó a entender entre aquel bullicio acallado medianamente por la música en sus oídos; “Sólo tengo para…”, y la frase fue cortada porque aquel le arrebató los únicos cuatro pesos con cincuenta centavos que tenía esa noche.

Manuel no es el único ciudadano que ha sufrido un asalto en esta capital. Según cifras de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF), durante el primer trimestre de este año, se han denunciado ante el Ministerio Público 46672 delitos del fuero común, de los cuales, el 52.6%, es decir, 24548, corresponden al robo en sus distintas modalidades.

Las cifras presentadas constituyen un aumento de más del 11% con respecto al mismo trimestre del año anterior que alcanzó las 21969 denuncias por el mismo delito.

“¡Y se ve que traes un celular chido nene!”, y el sudor en la frente de Manuel enfrentó al asaltante con el miedo que le provocaba a su víctima. Lo gozaba. Los ojos del desconocido brillaron en un instante como los del niño que descubre sus juguetes nuevos bajo su zapato derecho el 6 de enero.

A lo lejos, un par de luces. Un azul deslumbrante y un rojo incandescente. El destello cambió el semblante del maleante en el instante que las vio reflejarse en la lámina hamburguesera que advertía la escena junto con sus comensales, y que no reparaban, ni la una ni los otros, en que, mientras una despachaba y los otros comían, Manuel era despojado de lo único con lo que contaba para volver a casa esa noche.

La voz de una sirena no siempre cautiva. En esta ocasión más bien atemorizaba. El llanto lastimero que anunciaba su paso justo frente a aquel lugar inundó de ese mismo desasosiego al desconocido que segundos antes disfrutaba de verlo en su víctima, pero que ahora le parecía rebasarlo a él mismo. Solo atinó la forma de arrancar la cadena que colgaba del cuello de una mujer que esperaba junto a Manuel y emprendió la huída.

La patrulla previamente anunciada siguió su camino a toda velocidad por la Avenida Hidalgo sin detener su paso aún si alguien se lo hubiera impedido. Manuel, en medio del temor y la confusión comenzó a caminar por esa misma avenida cuando advirtió que los policías detuvieron su paso a un costado de la Alameda Central, con la intención de pedir ayuda para denunciar lo sucedido.

Llegó al lugar. Una mujer ensangrentada por las dos incisiones provocadas por otro delincuente
al intentarla robar también y en medio de la oscuridad le hicieron ver a Manuel que su caso era menor comparado con lo que sus ojos veían así que, con pasos apresurados y terror en su andar, comenzó a caminar hacia el eje central Lázaro Cárdenas.

Sólo el mes anterior se denunciaron 8480 robos en el DF. La Delegación Cuauhtémoc ocupa un deshonroso segundo lugar en el índice delictivo de la capital con 2484 delitos denunciados, solo después de Iztapalapa con 2522 casos en ese mismo periodo.

Son las diez con trece. Manuel camina a espaldas del Palacio de Bellas Artes cuando un indigente de ropas desgarradas y con olor a podredumbre social se le acerca para pedirle un peso. Él lo evita sin cruzar ni sus miradas y ni una sola palabra. Diez con diecisiete. Tacuba se cruza con el otrora San Juan de Letrán y Manuel con un grupo de gente a la que solicitará ayuda para llegar a su casa. La vergüenza no lo dejaría.

Un autobús de la ruta 1, que generalmente se detiene tres luces rojas del semáforo en esa esquina para llenarse hasta el hastío, sigue su camino lentamente mientras, los que lo esperaban, miran a través de las ventanas a tres sujetos armados insultando a gritos a los pasajeros al tiempo que los despojan de sus pertenencias. Uno más que se suma a los 606 robos en transporte público de enero a marzo.

24 al 28 de agosto, las fechas en las que el jefe delegacional en Cuauhtémoc espera recibir a miles intercambiando voluntariamente sus armas de fuego por una suma que va de los 200 a los 7500 pesos. La cita es en el kiosco de la Alameda Central. Un insulto a la esperanza de vivir seguros, un paliativo a medias para un problema que rebasa.

Diez y veinticinco. Manuel camina a prisa frente a la algarabía de algunos rubios que cantan El Rey con algunos tequilas encima y de varios amarillos que se divierten escuchando los instrumentos brillantes pero desafinados de un mariachi mal vestido y mal entonado.

Un chico de unos dieciséis años que viste con una camisa blanca cinco tallas excedidas de la suya y un pantalón de color caqui igual de grande, amenaza a otro con una pistola. La causa, un amor sin cuajar que interrumpió el apuntado antes de que se consumara entre mi nena y el verdugo. Manuel lo mira de reojo cuando ellos caminan internándose en la oscuridad de las calles del centro histórico.

Diez pasos más. Una explosión. Gritos. Gente corriendo y Manuel huyendo a toda prisa en dirección contraria a las personas que se apresuran para tener acceso a la primera fila en el espectáculo de la muerte sangrante, de la justicia por propia mano. 356 homicidios en solo tres meses. La seguridad pública, no sabemos a qué hora llegó.

Manuel se desdibuja entre las sombras y el smog que todo cubrieron esta noche mientras corre despavorido en busca de un lugar seguro que sabe inexistente. La más violenta de su vida. La misma de todos los días en esta capital.

Un asalto de a cuatro cincuenta, otro que casi cuesta una vida, uno más, incuantificable por él, un homicidio vedado de anacrónico romanticismo. La vida real. La de diario y de costumbre. La misma ruta a pie que deja ver cada tornillo suelto, cada manzana descompuesta que asoma los parásitos que incuba cómodamente sin resistencia alguna.

Once cuarenta y cinco. Manuel cruza por fin la puerta de su casa con la mente perturbada después de tanto caminar, correr y jadear. La venda con la que quiso cubrir sus ojos tanto tiempo hoy un ensombrerado la cortó. Aquí está seguro. Pero afuera… ¿afuera qué?

viernes, 27 de febrero de 2009

El mejor trabajo del mundo

Había una vez, en un reino de gente muy extraña, un viejecito que parecía ser verdaderamente feliz en medio de tantas personas llenas de rencor, odio, preocupaciones y dolor. Tomás era el nombre de aquel señor de noble corazón que nos ocupa hoy. Él tuvo nueve hijos con una maravillosa mujer que dedicó su vida entera a cuidar de ellos y darles la mejor educación de todas.
Tomás era una persona muy responsable que deseaba ver salir adelante a sus hijos. Por eso trabajó durante más de cuarenta años, sin descuidar el más mínimo detalle, para poder llevar a sus hijos a las distintas escuelas que los formarían en las técnicas, las humanidades y las artes.
Tomás tenía un empleo que no cualquiera querría tomar. Él se encargaba de abrir y cerrar las puertas del reino durante todo el día. La gente que pasaba a diario se sorprendía de ver que nuestro portero siempre tenía una sonrisa en los labios para todo el que transitara por el lugar, porque pensaban que ese era el peor y más aburrido trabajo del mundo, sin embargo, la energía de Tomás se contagiaba a todos con solo escucharlo decir: -¡Buenos días! ¿Cómo ha amanecido hoy?-. Para él, el hecho de ver a diario a tantas personas y poder saludarlos, lo hacía sentirse parte muy importante en la vida del reino, además de que lo hacía realmente feliz.
Por aquellas puertas Tomás vio cruzar a todo tipo de gente, desde el Rey que pasaba rodeado por toda su corte y que, aún siendo el monarca, siempre se detenía a saludarlo afectuosamente; hasta la persona más humilde del reino como él, que no sabía ni leer ni escribir, que de igual manera se animaba con escuchar un: -¡que tenga un maravilloso día!-.
Así transcurrieron cuarenta años en la vida del reino. Abriendo y cerrando las puertas, Tomás fue testigo del nacimiento de varias generaciones. Las personas iban y venían, a veces cansados, a veces tristes, a veces enojados; pero al cruzar el umbral todo aquello se olvidaba. La felicidad del portero era tan grande que no le cabía en el cuerpo y buscaba nuevos escondites y, así, se refugiaba en la gente que pasaba cerca de él.
Un buen día, un nuevo y joven administrador llegó a aquel reino y viendo la energía que Tomás tenía, decidió llevarlo a trabajar con él al castillo porque pensaba que a su edad, el portero debía laborar en un sitio que exigiera menos esfuerzo físico.
-Tomás, es usted un gran trabajador así que en premio a su enorme voluntad de seguir laborando, lo llevaré conmigo al castillo para que lleve tareas que seguramente serán de su agrado y donde podrá ganar quince reales más que los que hoy percibe aquí-le dijo.
Tomás, que era muy obediente, asintió la indicación del administrador. A la mañana siguiente se presentó en su nuevo empleo, este consistía en organizar algunos papeles de menuda importancia para llevar al día el cobro de los impuestos en el reino.
Pasaron los días y Tomás empezó a decaer en su ánimo. El administrador pensó que serían los estragos de su edad, por lo tanto no le dio mucha importancia a lo que sucedía. Nuestro antiguo portero llevaba muy bien su nuevo trabajo de acomodar papeles, sin embargo, en su mirada ya no se notaba el brillo que día a día llevaba y transmitía. Al cabo de unas semanas, un mal día Tomás decidió no ir a trabajar.
El administrador, extrañado por la ausencia, envío un mensajero a la casa de su nuevo ayudante para saber lo que ocurría. Al llegar al lugar, se encontró con un ancianito de verdad, acabada su felicidad y su mirada perdida. Tomás indicó al heraldo que regresaría a la mañana siguiente al empleo, pero que este día no tenía los ánimos para asistir. Era el primer día en que Tomás faltaba a trabajar en un periodo de mas de cuarenta años.
Al llegar el enviado con el administrador, le dio el mensaje del anciano. El jefe, sorprendido, se preguntaba qué sucedía con Tomás si ahora se cansaba menos y ganaba más. El mensajero solo dijo: -Él no es feliz en su nuevo puesto. Antes él podía ver a todo el mundo y platicar con ellos; es como un gorrión que no se le puede tener en cautiverio porque morirá-. Entonces el administrador comprendió lo que aquel había dicho y decidió regresar a Tomás a su empleo anterior.
-He notado que nadie hace el trabajo de la portería como usted. No hay nadie en todo este lugar que nos atienda como nos tiene acostumbrados, así que he decidido que vuelva a las puertas del reino-, dijo el administrador; -pero señor, ahora gano más reales que nunca, ¿cómo podré pagarle lo que me ha dado?-, replicó Tomás; -No se preocupe por eso, seguirá ganando lo mismo-, asintió el jefe.
Entonces, a la mañana siguiente, Tomás volvió a su trabajo de costumbre, lleno de gozo en el espíritu y de luz en su mirada. La felicidad se le mostró de frente una vez más y demostró al reino entero por qué ser portero era, para él, el mejor trabajo del mundo.

viernes, 20 de febrero de 2009

¿El huevo... o la gallina?


Tratar de encontrar la respuesta a esta pregunta representaría un verdadero problema que sólo se podría resolver si nos remontamos a los orígenes evolutivos de la especie en cuestión, y encontraríamos que antes del huevo existió la gallina que sería capaz de formar su descendencia de forma diferente, al igual que cualquier otra especie ovípara, situación muy distinta a la que viven los mamíferos.

Y así, encontraríamos en el campo de la comunicación, que el hombre como ser pensante nació sin tener la más mínima intención de expresar en términos comunicativos, por tanto, en sus inicios y durante miles de años, el género homínido sobrevivió sin mayor preocupación que la de actuar para conservar su vida; casi solo con el instinto de supervivencia. Al evolucionar el pensamiento, eliminando los instintos primarios y dándole paso a la razón, la situación se complicó de poco a poco hasta llegar al punto en el que hoy, una patología sicológica, que no existe tangiblemente en la realidad concreta, puede ocasionar en algunos individuos hasta la necesidad de terminar con sus vidas. Para conseguirlo, no es necesario ir por el mundo expresando el deseo de morir. Aquellos que tienen la osadía de ponerle fin a su existencia simplemente actúan.

Por tanto, podemos determinar que si para sobrevivir el hombre como especie, tuviera que prescindir de los actos ejecutivos o de los actos expresivos, sería mucho más fácil y conveniente deshacerse de los segundos, ya que puede vivir actuando sin la necesidad ni la intención de expresar para poder llevar a cabo acciones que le permitan su supervivencia, además de que podemos considerar que el hecho de expresar (acto ejecutivo en sí mismo), ha complicado el entendimiento de las personas.

Si bien podemos hablar de que a través de los milenios, el hombre ha logrado la acumulación de todo el conocimiento que posee, en buena medida, a través de la expresión, ya sea oral o escrita, también podemos decir que toda la gama de complejos y patologías generadas en el consciente e inconsciente humano, son también producto de la acumulación de dicho conocimiento.

Si entendemos que la expresión es el conjunto de señales emitidas con la intención de informar y/o comunicar, quizá la visión que planteo de sobrevivir solo con actos ejecutivos sería bastante arriesgada y poco funcional para pervivir en la vida social, sin embargo, si consideramos que la información puede ser obtenida de diferentes formas y no necesaria y exclusivamente de la expresión, la propuesta no suena tan descabellada. Un ejemplo claro de esto lo relata Ryzsard Kapuscinsky cuando dice que:

A menudo no logramos ni siquiera comunicarnos con el otro, porque no conocemos su lengua, ni tenemos traductores a nuestra disposición. Y así, construimos la historia basándonos sólo en una percepción visual. Durante la revolución jomeinista en Teherán… noté que una pequeña tienda de una calle popular de cierto barrio, uno de esos pequeños establecimientos que exponen sus productos hasta en las aceras, determinados días no exponía sus mercancías y que, incluso, no abría. No me hizo falta pensar demasiado para comprender que podía utilizar esa señal como una nota de prensa más que fiable. Según los movimientos en la calle, de los que estaba evidentemente al corriente, el propietario de la tienda escogía su línea de conducta, manifestando de esta forma, a quien quisiera entender la indirecta, lo que podía esperarse, a qué hora y en qué parte de la ciudad.[1]

Por tanto, en este punto puedo pensar en la posibilidad de que el hombre puede relegar los actos expresivos sin poner en riesgo su existencia ni individual, ni social, ni como especie; ya que, aún involuntariamente, las acciones que llevamos a cabo cotidianamente, llevan implícita mucha más información de la que nuestras expresiones pueden dar (o quizá hasta intentar ocultar), así que, si lo que nos preocupa es precisamente el intercambio de información, podemos estar seguros de que, aún sin tener la intención de hacerlo, nuestras acciones ejecutivas indudable e invariablemente informarán al otro acerca de nosotros mismos.


[1] KAPUSCINSKY, Ryszard. Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo. Ed Anagrama. Barcelona. 2002

martes, 20 de enero de 2009

Anuncian programa de bacheo

Durante una plática de mecánica de suelos efectuada el dia de ayer, el jefe de gobierno de la ciudad reconoció que los baches deben ser rellenados de inmediato ya que pueden causar la muerte de los que transitan por las vialidades.

El departamento de obras de la ciudad ha decidido comenzar con el programa de bacheo intensivo que planea evitar accidentes futuros en las vialidades primarias de este sitio.

Gracias a la comisonada del departamento, Valeria Moulinie, el jefe de gobierno asumió la responsabilidad que tiene para con su ciudad y decidió "soltar el hilo" para saber la gravedad del problema y poder actuar en concordancia.

Después de un "te kiero mucho"-HD- y un "las cosas han cambiado un poco,luego platicamos"-J-, el titular del ejecutivo local decidió comenzar de inmediato con el trabajo de repavimentación y reacomodo de los juguetes sueltos que se encuentran por todas partes en las calles.

En entrevista exclusiva, el primer mandatario indicó que la decisión que ha tomado recientemente responde a "la necesidad de reorganizar el tránsito adecuado y correcto en todas las vialidades, para así, estar preparados para la llegada de nuevas tormentas o tempestades que deseen tirar de nuevo el lugar"

"Estaremos preparados para nuevas catástrofes como la que hoy vivimos, ya que la invaluable ayuda de la comisionada nos ha hecho ver de forma más clara nuestras carencias,lo que nos ayuda a prevenir futuros y terribles accidentes", índicó.

El futuro en la ciudad es incierto, sin embargo, el trabajo que comenzaremos a ver en los próximos días, brinda un mayor nivel de estabilidad a los habitantes de la ciudad.