
Tomás era una persona muy responsable que deseaba ver salir adelante a sus hijos. Por eso trabajó durante más de cuarenta años, sin descuidar el más mínimo detalle, para poder llevar a sus hijos a las distintas escuelas que los formarían en las técnicas, las humanidades y las artes.
Tomás tenía un empleo que no cualquiera querría tomar. Él se encargaba de abrir y cerrar las puertas del reino durante todo el día. La gente que pasaba a diario se sorprendía de ver que nuestro portero siempre tenía una sonrisa en los labios para todo el que transitara por el lugar, porque pensaban que ese era el peor y más aburrido trabajo del mundo, sin embargo, la energía de Tomás se contagiaba a todos con solo escucharlo decir: -¡Buenos días! ¿Cómo ha amanecido hoy?-. Para él, el hecho de ver a diario a tantas personas y poder saludarlos, lo hacía sentirse parte muy importante en la vida del reino, además de que lo hacía realmente feliz.
Por aquellas puertas Tomás vio cruzar a todo tipo de gente, desde el Rey que pasaba rodeado por toda su corte y que, aún siendo el monarca, siempre se detenía a saludarlo afectuosamente; hasta la persona más humilde del reino como él, que no sabía ni leer ni escribir, que de igual manera se animaba con escuchar un: -¡que tenga un maravilloso día!-
.Así transcurrieron cuarenta años en la vida del reino. Abriendo y cerrando las puertas, Tomás fue testigo del nacimiento de varias generaciones. Las personas iban y venían, a veces cansados, a veces tristes, a veces enojados; pero al cruzar el umbral todo aquello se olvidaba. La felicidad del portero era tan grande que no le cabía en el cuerpo y buscaba nuevos escondites y, así, se refugiaba en la gente que pasaba cerca de él.
Un buen día, un nuevo y joven administrador llegó a aquel reino y viendo la energía que Tomás tenía, decidió llevarlo a trabajar con él al castillo porque pensaba que a su edad, el portero debía laborar en un sitio que exigiera menos esfuerzo físico.
-Tomás, es usted un gran trabajador así que en premio a su enorme voluntad de seguir laborando, lo llevaré conmigo al castillo para que lleve tareas que seguramente serán de su agrado y donde podrá ganar quince reales más que los que hoy percibe aquí-le dijo.
Tomás, que era muy obediente, asintió la indicación del administrador. A la mañana siguiente se presentó en su nuevo empleo, este consistía en organizar algunos papeles de menuda importancia para llevar al día el cobro de los impuestos en el reino.
Pasaron los días y Tomás empezó a decaer en su ánimo. El administrador pensó que serían los estragos de su edad, por lo tanto no le dio mucha importancia a lo que sucedía. Nuestro antiguo portero llevaba muy bien su nuevo trabajo de acomodar papeles, sin embargo, en su mirada ya no se notaba el brillo que día a día llevaba y transmitía. Al cabo de unas semanas, un mal día Tomás decidió no ir a trabajar.
El administrador, extrañado por la ausencia, envío un mensajero a la casa de su nuevo ayudante para saber lo que ocurría. Al llegar al lugar, se encontró con un ancianito de verdad, acabada su felicidad y su mirada perdida. Tomás indicó al heraldo que r
egresaría a la mañana siguiente al empleo, pero que este día no tenía los ánimos para asistir. Era el primer día en que Tomás faltaba a trabajar en un periodo de mas de cuarenta años.Al llegar el enviado con el administrador, le dio el mensaje del anciano. El jefe, sorprendido, se preguntaba qué sucedía con Tomás si ahora se cansaba menos y ganaba más. El mensajero solo dijo: -Él no es feliz en su nuevo puesto. Antes él podía ver a todo el mundo y platicar con ellos; es como un gorrión que no se le puede tener en cautiverio porque morirá-. Entonces el administrador comprendió lo que aquel había dicho y decidió regresar a Tomás a su empleo anterior.
-He notado que nadie hace el trabajo de la portería como usted. No hay nadie en todo este lugar que nos atie
nda como nos tiene acostumbrados, así que he decidido que vuelva a las puertas del reino-, dijo el administrador; -pero señor, ahora gano más reales que nunca, ¿cómo podré pagarle lo que me ha dado?-, replicó Tomás; -No se preocupe por eso, seguirá ganando lo mismo-, asintió el jefe.Entonces, a la mañana siguiente, Tomás volvió a su trabajo de costumbre, lleno de gozo en el espíritu y de luz en su mirada. La felicidad se le mostró de frente una vez más y demostró al reino entero por qué ser portero era, para él, el mejor trabajo del mundo.
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