viernes, 20 de febrero de 2009

¿El huevo... o la gallina?


Tratar de encontrar la respuesta a esta pregunta representaría un verdadero problema que sólo se podría resolver si nos remontamos a los orígenes evolutivos de la especie en cuestión, y encontraríamos que antes del huevo existió la gallina que sería capaz de formar su descendencia de forma diferente, al igual que cualquier otra especie ovípara, situación muy distinta a la que viven los mamíferos.

Y así, encontraríamos en el campo de la comunicación, que el hombre como ser pensante nació sin tener la más mínima intención de expresar en términos comunicativos, por tanto, en sus inicios y durante miles de años, el género homínido sobrevivió sin mayor preocupación que la de actuar para conservar su vida; casi solo con el instinto de supervivencia. Al evolucionar el pensamiento, eliminando los instintos primarios y dándole paso a la razón, la situación se complicó de poco a poco hasta llegar al punto en el que hoy, una patología sicológica, que no existe tangiblemente en la realidad concreta, puede ocasionar en algunos individuos hasta la necesidad de terminar con sus vidas. Para conseguirlo, no es necesario ir por el mundo expresando el deseo de morir. Aquellos que tienen la osadía de ponerle fin a su existencia simplemente actúan.

Por tanto, podemos determinar que si para sobrevivir el hombre como especie, tuviera que prescindir de los actos ejecutivos o de los actos expresivos, sería mucho más fácil y conveniente deshacerse de los segundos, ya que puede vivir actuando sin la necesidad ni la intención de expresar para poder llevar a cabo acciones que le permitan su supervivencia, además de que podemos considerar que el hecho de expresar (acto ejecutivo en sí mismo), ha complicado el entendimiento de las personas.

Si bien podemos hablar de que a través de los milenios, el hombre ha logrado la acumulación de todo el conocimiento que posee, en buena medida, a través de la expresión, ya sea oral o escrita, también podemos decir que toda la gama de complejos y patologías generadas en el consciente e inconsciente humano, son también producto de la acumulación de dicho conocimiento.

Si entendemos que la expresión es el conjunto de señales emitidas con la intención de informar y/o comunicar, quizá la visión que planteo de sobrevivir solo con actos ejecutivos sería bastante arriesgada y poco funcional para pervivir en la vida social, sin embargo, si consideramos que la información puede ser obtenida de diferentes formas y no necesaria y exclusivamente de la expresión, la propuesta no suena tan descabellada. Un ejemplo claro de esto lo relata Ryzsard Kapuscinsky cuando dice que:

A menudo no logramos ni siquiera comunicarnos con el otro, porque no conocemos su lengua, ni tenemos traductores a nuestra disposición. Y así, construimos la historia basándonos sólo en una percepción visual. Durante la revolución jomeinista en Teherán… noté que una pequeña tienda de una calle popular de cierto barrio, uno de esos pequeños establecimientos que exponen sus productos hasta en las aceras, determinados días no exponía sus mercancías y que, incluso, no abría. No me hizo falta pensar demasiado para comprender que podía utilizar esa señal como una nota de prensa más que fiable. Según los movimientos en la calle, de los que estaba evidentemente al corriente, el propietario de la tienda escogía su línea de conducta, manifestando de esta forma, a quien quisiera entender la indirecta, lo que podía esperarse, a qué hora y en qué parte de la ciudad.[1]

Por tanto, en este punto puedo pensar en la posibilidad de que el hombre puede relegar los actos expresivos sin poner en riesgo su existencia ni individual, ni social, ni como especie; ya que, aún involuntariamente, las acciones que llevamos a cabo cotidianamente, llevan implícita mucha más información de la que nuestras expresiones pueden dar (o quizá hasta intentar ocultar), así que, si lo que nos preocupa es precisamente el intercambio de información, podemos estar seguros de que, aún sin tener la intención de hacerlo, nuestras acciones ejecutivas indudable e invariablemente informarán al otro acerca de nosotros mismos.


[1] KAPUSCINSKY, Ryszard. Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo. Ed Anagrama. Barcelona. 2002

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